Hoy en día es común escuchar que alguien “sufre el síndrome de la impostora”. Aunque muchas veces se usa en tono informal, este fenómeno tiene raíces profundas en la forma en que nos relacionamos con nosotros mismos y con los demás. No se trata solo de una frase de moda: es una vivencia real que afecta especialmente a personas jóvenes, profesionales y estudiantes, provocando inseguridad, niveles de autoexigencia nocivos, miedo al fracaso y una sensación constante de no ser “suficientemente adecuadas”.

Para entender mejor qué ocurre detrás de estas experiencias, es útil mirar más allá de la superficie. Conceptos como división subjetiva, identificación imaginaria, la falta en ser, demanda y deseo no son solo palabras que provienen de la práctica clínica y la teoría psicoanalítica; sino que describen procesos psicológicos que pueden ayudarnos a comprender por qué a veces sentimos que no merecemos nuestros logros o que estamos “engañando” al mundo.

En este artículo exploramos en qué consiste realmente el síndrome de la impostora, qué mecanismos subjetivos están en juego y cómo podemos acompañar estos procesos desde una mirada subjetiva integradora, respetuosa y accesible. Sin olvidar, como siempre, que esto toma forma en cada una de manera particular y única.

 

La división subjetiva: no coincidir con lo que uno cree de sí mismo

El síndrome de la impostora, en el discurso social actual, se refiere a una experiencia en la que la persona siente que sus logros no son merecidos, que ha “engañado” a quienes la rodean y que en cualquier momento será descubierta como un fraude. Nombrado especialmente por artistas cuyas carreras han tenido éxito, parece reflejar algo transitorio pero que puede llegar e implicar mucho malestar.

Detrás de esta vivencia hay mecanismos internos complejos. Lo que se descubre a través de la clínica y de autores como Lacan o Freud es que no existe el “yo” unificado que describe la psicología, sino que la persona, en su sensación de sí misma, se percibe más bien de forma fragmentada, incompleta; diversa si queremos decirlo así. A partir de aquí, Lacan teoriza que el ser humano, por su entrada en el lenguaje: en el que es imposible decirlo todo, contiene en sí mismo una suerte de división subjetiva, habiendo siempre una falta; algo que no se puede simbolizar. Esto comprobamos los psicoanalistas en nuestra práctica clínica diaria: la persona, por muy inteligente y talentosa que sea, viene siempre sintiéndose bizarra por estos sentimientos, dice cosas como “soy un desastre”, “soy un cuadro” “si el otro supiera verdaderamente como soy, saldría corriendo”, etc. Cada persona cree que solo le ocurre a él o ella, sin embargo, son sentimientos comunes a los del resto de seres humanos, siempre que entendamos ser humano como sinónimo de ser hablante. ¿Qué sucede entonces, por qué estamos todos engañados con que deberíamos sentirnos de otra forma?

El peso de la imagen

Empecemos por decir que el “yo” unificado, el que queda especialmente bien en las redes sociales, no existe. Es, en el mejor de los casos, una construcción, una construcción necesaria para vivir, pero insuficiente para entender lo que nos pasa. Un concepto clave para comprender estas experiencias es lo IMAGINARIO. Desde pequeños, construimos una imagen de nosotros mismos a partir del reflejo que vemos de nuestro cuerpo (la imagen reflejada en un espejo, en una foto, en un retrato, etc.), generalmente, a dicha imagen le acompañan palabras del otro: “ese eres tú”, “mira, ese es tu pelo, tu brazo, etc.” Cosas que se le dice al niño o niña cuando ve su reflejo por vez primera. Pero en esa imagen aparecemos completos y, sobre todo, aparece otro completo sin la sensación de fragmentación e incompletud que percibimos en nosotros mismos. Frente a nuestra percepción, fenomenológica si queremos, de incompletud, fantaseamos con que el otro sí está completo y no sufre esa fragmentación que nosotros experimentamos. Así podemos tirarnos horas haciendo scroll en los perfiles de influencers que nos parecen perfectas o perfectos con una especie de anhelo de parecernos a ellos/as; anhelo que se torna en malestar cuando nos comparamos. Poco a poco, para poder establecernos en el mundo, vamos identificándonos con diferentes figuras, algunas pueden ser los padres, hermanas o hermanos, una tía a la que admiramos, otras personas, etc., hasta acabar siendo una amalgama de cosas que hemos elegido, muchas veces, de forma inconsciente.

Hay entonces, además, otro sujeto al que no controlamos que tiene un deseo propio, un deseo que muchas veces desconocemos, y que aparece en lapsus, actos fallidos, en las bromas que hacemos o en los sueños. Este sujeto del inconsciente tiende a dejar en bastante evidencia al “yo” muy a pesar de nuestros esfuerzos de construcción y apuntalamiento. Por eso una terapia tipo Coaching puede levantar la fachada del edificio en poco tiempo, pero también puede conllevar el total hundimiento de este cuando se constata la diferencia entre lo que se ha construido y el vacío interior; era solo fachada.

En situaciones de reconocimiento del talento, la valentía, la inteligencia, el trabajo bien hecho, etc., recibimos del otro una imagen, la imagen que el otro se ha construido de nosotros/as mismos/as y esta imagen puede contrastar mucho con nuestra sensación real de quiénes somos en su absoluta complejidad. Esa brecha puede alimentar la idea de que somos impostores, porque internamente no nos sentimos coherentes con esa imagen ideal.

En psicoanálisis, esta identificación imaginaria, con la que da comienzo todo, no se ve como algo patológico, sino como una parte de la constitución subjetiva, es, por tanto, imprescindible y necesaria para la vida. El desafío está en empezar a reconocer que no somos una imagen estática, sino una experiencia en constante construcción.

La falta en ser: sentir que siempre falta algo

El sentimiento de que “siempre falta algo” —o lo que desde la clínica se denomina la falta en ser— es otra pieza importante para entender el malestar asociado al síndrome de la impostora. Muchas veces, las personas sienten que, aun habiendo alcanzado un logro académico o profesional, sigue habiendo una falta interna que no se llena. Algunas personas lo manifiestan además con mucho sufrimiento y relacionándolo con una angustia a la que podríamos llamar “vital”.

Esta sensación no es algo aislado, sino una parte normal de la vida subjetiva: nadie está completo, solo en algunos tipos de delirio se manifiesta algo de la completud. La falta en ser es la moneda de cambio de la existencia del ser hablante, es el precio a pagar; la condición para estar vivos podríamos decir. Es, además, un motor que impulsa al crecimiento personal. El problema surge cuando esta falta se interpreta como evidencia de insuficiencia personal en lugar de una parte natural del desarrollo humano.

 

Demanda, deseo y la presión por ser “perfectos”

En nuestra sociedad hiperconectada, lo que percibimos que se nos pide puede ser muy intenso. Como aparece en algunas películas, como Barbie, hay un discurso social que apunta a que es imposible ser una mujer, podríamos decir: una mujer perfecta como la sociedad quiere. El uso diario de RRSS, lo percibido en la relación con el otro, puede hacernos parecer que la demanda social por ser exitosos, productivos, competitivos y “resilientes” es una presión constante. Por supuesto, esta supuesta demanda no tiene nada que ver con nuestro deseo inconsciente, a veces se ve alimentada por comparaciones en nuestras identificaciones y acabamos haciendo cosas que nada que tienen que ver con nosotros y nosotras. Hay más aspectos aquí implicados, de los que hablaremos en otros artículos, como, por ejemplo, que también construimos una imagen hacia el otro, desde la más tierna infancia, para tranquilizarle. Desde el inicio percibimos que hay otras personas que podrían ser nocivas o peligrosas incluso y ante las que nos mostramos de una manera particular, lo que acaba siendo un hábito que nos ponemos durante toda la vida. Un ejemplo muy simple es el de la creencia popular de que la envidia puede dañar al envidiado. Así hay, por ejemplo, pacientes que crecen haciéndose los “tontos”, o con apariencia de ser un “desastre”, de ser “torpe” físicamente, con una imagen de ser “la graciosa”, etc., algo que les impide desarrollar o manifestar otras riquezas que contiene su ser, pero que, al mismo tiempo, les ha valido en algún momento de su vida para poder relacionarse con el otro. Hablamos de lo que Lacan llama el fantasma, y de lo que hablaremos más en otros artículos.

No obstante, hay un deseo, idiosincrásico, inconsciente, característico solo de uno mismo, al que se llega, muchas veces, a través de la terapia.

Ese deseo, entendido como aquello que realmente nos mueve desde adentro, seamos conscientes o no, no siempre coincide con la demanda social. Cuando existe una brecha entre lo que creemos que se espera de nosotros y lo que parecemos desear, pueden surgir sentimientos de frustración, inseguridad o el temor. Este conflicto interno puede alimentar vivencias de impostura, o, directamente, de malestar porque sentimos que nuestro deseo no coincide con la imagen que creemos que los demás esperan de nosotros. Por eso hablamos de deseo inconsciente, porque a veces es tan irreconciliable con lo que creemos que el otro (padres, amigos, pareja, sociedad, etc.) espera de nosotros, que lo reprimimos.

 

¿Por qué afecta especialmente a personas jóvenes?

Las generaciones más jóvenes —millennials y centennials— están creciendo en un mundo con redes sociales omnipresentes, comparaciones constantes y estándares de éxito idealizados. Solo recientemente se ha prohibido el acceso a las RRS a menores de 16 años y esta medida está justificada porque las sucesivas identificaciones son necesarias para la vida, pero cuando estas son desmedidas, excesivas o, incluso, compulsivas, también pueden atentar contra la propia vida. No es sorprendente que muchas personas jóvenes se enfrenten a sentimientos de insuficiencia o miedo al juicio ajeno, o, en el peor de los casos, desarrollen trastornos alimentarios, pasos al acto autolíticos, aislamiento, caída del ánimo, abandono de estudios, etc.

Para la constitución subjetiva es necesario, además de estas identificaciones primarias, tiempo, espacio, silencio, conversaciones significativas con otras personas que nos quieran y nos escuchen, contacto cara a cara con el otro, donde podamos ver también sus fallos y todo aquello que las RRSS pueden ocultar. Además, es necesario todo un proceso de autoconocimiento para saber por qué sufrimos, por qué nos angustiamos, por qué algo nos hace felices, etc. Aquí es clave la terapia.

¿Cómo empezar a acompañar estos procesos desde adentro?

Aceptar que sentir inseguridad, duda o vulnerabilidad es parte de ser humano no significa resignarse, sino humanizar nuestras experiencias internas. Acompañar estos procesos implica:

Reconocer sin juzgar: identificar cuándo aparece la sensación de impostura y explorar con qué se relaciona en nuestro caso

Tener en cuenta la división subjetiva: comprender que nuestras experiencia de nosotras mismas puede ser fragmentaria, incompleta, parcial…

Cuestionar la identificación imaginaria: preguntarnos si todo eso que creemos desear es un deseo propio o surge de una comparación imaginaria

Diferenciar demanda y deseo: identificar qué queremos realmente versus qué creemos que “debemos” querer en función de lo que creemos que el otro pide

Este proceso no es lineal, no es inmediato, no es superficial, lleva tiempo, pero abre espacio para una relación más real con uno mismo, donde la validación no depende exclusivamente de fuentes externas sino de un sentido interno de coherencia y conocimiento personal.

 

Trabajo profesional: acompañar con sentido y presencia

Entender el síndrome de la impostora desde una perspectiva psicoanalítica nos permite ver más allá de los síntomas superficiales. La inseguridad, la autoexigencia o la sensación de no ser suficiente no son fallos personales, sino experiencias significativas que revelan cómo nos construimos como sujetos en relación con los demás y con nosotros mismos.

El enfoque de acompañamiento que proponemos en la consulta de Gema Campos está centrado en apoyar a cada persona en su singularidad, respetando su historia, su deseo y su forma de relacionarse con el mundo. Se trata de abrir espacios donde se pueda explorar con profundidad lo que ocurre, sin juicios y con herramientas que favorezcan el bienestar emocional.

Conclusión

El síndrome de la impostora no es una patología trivial. Es una vivencia compleja que emerge de la interacción entre la subjetividad, la imagen, las expectativas y los deseos. Reconocer su presencia, entender los mecanismos internos y aprender a acompañarlos con empatía es un paso esencial para transformar la relación que tenemos con nosotros mismos, nuestras metas y nuestro lugar en el mundo.

Si te sientes identificado con estas experiencias y te gustaría trabajar este proceso desde un espacio seguro, solicita una consulta con Gema Campos, psicóloga – psicoanalista especializada en procesos subjetivos y salud emocional. Juntos podemos explorar tu historia, fortalecer tu bienestar y construir una relación más auténtica contigo mismo.