En los últimos años, los ataques de pánico y las crisis de ansiedad se han vuelto cada vez más frecuentes. Muchas personas describen la experiencia como algo repentino y aterrador: el corazón se acelera, falta el aire, aparece el mareo y un miedo intenso a morir o perder el control.
Pero desde la orientación del psicoanálisis de Jacques Lacan, la pregunta no es solo médica o biológica. La pregunta es más profunda:
¿Hacia dónde apunta esa angustia desbordante que suele ser difícil de relacionar con algo a través de las palabras?
¿Qué es un ataque de pánico desde el psicoanálisis lacaniano?
Para la medicina, un ataque de pánico es un trastorno de ansiedad.
Para el psicoanálisis lacaniano, es algo más que un conjunto de síntomas físicos.
Es un momento en el que la persona se encuentra desbordada por algo que no logra explicar. A veces los pacientes dicen que es una sensación de que algo mayor va a ocurrir.
Lacan hablaba de tres dimensiones que organizan nuestra experiencia:
Lo simbólico: el mundo de las palabras, las normas, las leyes, el lenguaje…
Lo imaginario: la imagen que tenemos de nosotros mismos y de los demás
Lo real: aquello que no puede ponerse fácilmente en palabras y que toca al cuerpo
El cuerpo habla lo que la palabra calla
Muchas veces sostenemos situaciones difíciles sin darnos cuenta del impacto que tienen en nosotros: una separación, un descubrimiento inesperado, una pérdida, una exigencia excesiva, un cambio importante en la vida, o, incluso, un logro que ha sido muy deseado pero, también, inconscientemente temido. Intentamos seguir adelante, racionalizar, minimizar. Pero lo que no se procesa emocionalmente no desaparece.
Puede quedar sin palabras y manifestarse en el cuerpo. El ataque de pánico no aparece “porque sí”. Desde la clínica psicoanalítica, hay que escuchar mucho al paciente para poder saber algo de lo que ha ocasionado esto, que, a priori, parece desconectado de todo lo demás, y, sobre todo, desplazado.
Crisis de ansiedad: cuando todo pierde sentido
Durante una crisis de ansiedad, muchas personas dicen: “sentí que me moría”, “pensé que me iba a volver loco” o “no entendía qué estaba pasando”.
Lo más angustiante no son solo los síntomas físicos, sino la sensación de que todo se desorganiza por unos minutos.
Desde la perspectiva de Freud, la angustia nunca es completamente sin motivo, aunque ese motivo no sea consciente.
En términos sencillos: la persona queda frente a algo interno que no comprende y que la desborda.
Es una experiencia donde se pierde momentáneamente el sentido.
¿Por qué no es simplemente “estrés”?
Hoy en día se habla mucho de estrés. Sin embargo, no todo ataque de pánico puede explicarse solo por cansancio o sobrecarga.
El estrés es una reacción general del organismo. El ataque de pánico, en cambio, tiene una historia particular detrás. Ambos trastornos unidos constituyen más del 40% de las consultas a salud mental.
El ataque de pánico puede aparecer en momentos inesperados, por eso hablamos del desplazamiento: justo cuando todo parecía estar bien, al comenzar una etapa deseada o frente a una decisión importante.
No se trata solo de presión externa. Muchas veces tiene que ver con movimientos internos: cambios en la identidad, en los vínculos, en el deseo. Por ejemplo, realizar un avance en la vida en la dirección siempre fantaseada pero que supone para el sujeto una separación con respecto a los vínculos paternos y que se le hace insoportable.
El tratamiento psicoanalítico: poner palabras
El trabajo que propone Gema Campos no se centra únicamente en eliminar el síntoma, sino en comprender por qué aparece. Algo que cumplía una función decae y aparece el pánico.
En el espacio analítico se busca: que la persona hable del momento en que comenzaron los episodios, entender qué estaba ocurriendo en la vida de la persona y dar lugar a aquello que no había podido ser dicho, por ejemplo, a través de los lapsus y los sueños. ¿Qué no sabe la persona que el sujeto del inconsciente sí sabe?
En muchas ocasiones, cuando se nombra, se interpreta, se asocia y se despliegan palabras en torno a un saber no sabido, los síntomas pierden parte de su fuerza corporal, pudiendo llegar incluso a desaparecer.
El objetivo no es “controlar” la ansiedad como si fuera un enemigo, sino escuchar lo que viene a señalar.
